07/03/2005

07/03/2005
Contacto íntimo
Cualquier momento es precioso cuando lo compartes íntimamente con otra persona. El mundo interno de una persona se encuentra con él de otra, vibran juntos y el momento centellea. Es así cuando estamos enamorados, y puede serlo en todo momento, enamorados o no, incluso cuando estamos a solas. Hasta el momento más difícil es enriquecedor cuando tienes contacto íntimo contigo, y sólo es la mitad de difícil si puedes compartir honestamente lo que sientes con otro.

¿Conoces la sensación de estar con otras personas, incluso amigos o familiares cercanos, pero sientes una distancia que te separa de ellos? No encuentras la manera de acercarte; por más que hagas o digas, no llegas. Sientes algo adentro, pero no te atreves a decirlo o, tal vez, ni sabes qué es lo que sientes. Sólo hay una vaga sensación de que la vida transcurre allí fuera y te cuesta un esfuerzo tremendo participar, si es que logras participar. Algunas personas sienten angustia, opresión o depresión…. No queremos tener esta clase de sensaciones porque hemos aprendido a atribuirles un significado absoluto, cuando lo único que hacen es advertirnos de algo que requiere nuestra atención. Si tenemos contacto íntimo con nuestro interior, donde tienen lugar esas sensaciones, sabemos qué necesitaríamos para sentirnos mejor. Pero al apartarlas, nos apartamos de la parte de nosotros que sabe cómo podríamos remediar nuestro malestar. Perdemos contacto íntimo con nuestro mundo interior y con los demás. Evitamos intimar, porque la intimidad suscita esas sensaciones que no queremos tener.

Cuando crecimos, para protegernos en situaciones que percibimos como amenazantes, dolorosas o de algún otro modo indeseables, usamos tensiones físicas en el cuerpo que con el tiempo se vuelven habituales y se constituyen en un patrón de tensión. La tensión funciona como un filtro de nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos. A través de este filtro percibimos lo que ocurre en el momento presente, en función de nuestra experiencia en el pasado. Entonces no estamos realmente en la situación en la que nos encontramos, sino en el reflejo de alguna situación de nuestro pasado.

En las sesiones de DFA trabajamos con los patrones de tensión directamente en el cuerpo. Usamos una manipulación que nos permite tomar contacto con los espacios en el interior de nuestro cuerpo a los cuales habíamos perdido el acceso y que, como mucho, notamos cuando nos duelen. Al sensibilizarnos para las formas físicas de nuestro cuerpo, exploramos también los contenidos emocionales y mentales de estas formas. Hay un diálogo sensorial y verbal que devuelve a la conciencia aquellas partes de nuestra experiencia que no pudimos asimilar cuando eramos niños y que siguen interponiéndose en la experiencia del adulto. El o la practicante de DFA ayuda al adulto a encontrar nuevos recursos y a desarrollar comportamientos alternativos, nuevas opciones.

Cuando la persona tiene el conocimiento sensorial y cognitivo que le permite identificar su patron de tensión primario, momento a momento, tiene la posibilidad de ir más allá de las limitaciones del patrón y explorar otras opciones, sintiendo su cuerpo apoyado en el campo gravitatorio de nuestro planeta, descansando en los brazos de Madre Tierra. En ese momento puede estar presente, en contacto íntimo consigo misma, con otra persona y con el mundo entero. Entonces ese momento centellea, sea difícil, de dicha o un momento cualquiera.

Brigitte Hansmann, practicante de DFA y autora del libro Con los pies en el suelo – Forma del cuerpo y visión del mundo, (ed. Icaria, colección Milenrama); Tel.: 93 237 73 23; e-mail: brigitte@diandel.com