05/03/2005

DFA: Un método para reconocer y modificar patrones habituales
Desde el momento en el que oí por primera vez de la existencia de patrones habituales en el cuerpo y en el comportamiento, el tema captó mi atención. Como fenómenos correlacionados, el hábito y los patrones habituales parecen ser un elemento clave en la forma en la que el universo se organiza, no sólo en los seres humanos y todos los demás seres vivos, sino también en la materia y el flujo de energía a través del espacio “vacío”. En mi consulta como practicante de DFA, como instructora de DFA y como escritora, resultan fascinantes para mí.

¿Cómo se originan? ¿Cómo funcionan? ¿Cómo se manifiestan en nuestras vidas? ¿Cómo podemos influir en ellos y cambiarlos? ¿Cómo imbuimos sensación de significado? Estas son algunas de las cuestiones que he ido moviendo en mi corazón, cabeza y manos, queriendo comprender, y quisiera compartir algunas de las respuestas que surgieron. Para nuestros clientes resulta útil entender estas cuestiones acerca de los patrones habituales, porque la comprensión les ayuda a relajarse dentro de sus patrones, a explorarlos como su particular forma de estar en el mundo y a descubrir la libertad de fortalecer algunos aspectos y trabajar en disminuir otros o, en otras palabras, crear espacio para el cambio.

El campo de sensaciones

Dentro del campo gravitatorio de la Tierra y los campos de fuerza de los demás sistemas a los que pertenecemos, nuestra familia, cultura, organizaciones, etc., el cuerpo puede describirse como otro campo más, consistente en sensaciones continuamente fluctuantes. Básicamente es a partir de este campo que surge nuestra percepción de nosotros mismos como individuos, y es en este campo donde nos formamos como tales. Los movimientos continuos de nuestro cuerpo en la respiración y el transporte de los nutrientes, portadores de información, productos de desecho, etc., crean la fluctuación de sensaciones que constituyen este campo.

Nuestros sentidos necesitan el contraste para poder percibir. Si algo está totalmente quieto o uniforme sin nada con que relacionarlo, simplemente no lo registramos. Así hay impresiones en nuestros órganos sensoriales que podemos percibir porque hay un contraste, por ejemplo, en la temperatura entre frío, tibio y caliente, o tonalidades entre oscuro y claro, o cambios en la presión hidrostática del cuerpo, o los diferentes grados de tensión sobre los propioceptores en los tendones, con la inspiración y la espiración. Algunas de las impresiones sensoriales nos resultan placenteras, otras desagradables, y también hay una amplia gama de sensaciones neutras. Para la mayoría de nosotros es relativamente fácil reconocer las sensaciones placenteras y las desagradables. Básicamente organizamos nuestra conducta mediante habilidades que aprendemos y desarrollamos para obtener sensaciones agradables y evitar las desagradables.

A las múltiples sensaciones neutras que continuamente van fluctuando por debajo del umbral de nuestra conciencia, simplemente no les prestamos atención. Por una parte, nos son indiferentes porque no parecen tener mucha importancia ni interés; y por otra, la tensión física que aprendimos a mantener habitualmente para obtener sensaciones agradables y evitar las desagradables interfiere con el flujo libre de las sensaciones, inmovilizando partes de nuestro cuerpo. Entonces ya no podemos sentir las sensaciones que siguen fluctuando, a una frecuencia reducida, con el transcurso de las funciones corporales porque la señal constante que la tensión está emitiendo las tapa. De modo parecido a como dejamos de oír un sonido constante al cabo de un tiempo, no percibimos la señal de la tensión, puesto que carece de contraste, a no ser que llegue a doler. Así perdemos el contacto con nosotros mismos y, a menudo, sólo permanece una sensación sorda, ligeramente incómoda.

Al final resulta, pues, que esas sensaciones neutras no son tan irrelevantes como parecía. Por ejemplo, a través de ellas podemos sentir el espacio que ocupamos con nuestro cuerpo. Las respuestas al movimiento respiratorio a lo largo de todo el cuerpo cambian la tensión percibida por los propioceptores localizados en los tendones. Cuanta más plena es la respuesta al movimiento respiratorio, tantos más propioceptores registran el cambio con cada respiración, lo cual permite una percepción más clara de la forma del espacio que el cuerpo ocupa. A partir de allí, podemos aprender a discernir cómo relacionarnos con la fuerza gravitatoria para que nos apoye. De este modo, literalmente, es más fácil encontrar equilibrio en cualquier situación, conocer el lugar de uno en el mundo y responder de forma adecuada a los sucesos de la vida.

El patrón de tensión primario y otros

Cuando llegamos al mundo no sabemos nada acerca de qué somos, qué es el mundo, ni cómo ser y estar, ni qué hacer. Simplemente somos y sentimos, y hacemos lo que viene naturalmente. Muy pronto descubrimos que podemos hacer cosas para cambiar cómo nos sentimos, y aprendemos a hacer estas cosas para obtener determinados resultados, es decir, obtener sensaciones agradables y evitar las desagradables. Repetimos lo que nos da buen resultado. A través de la repetición, la forma como nos movemos y restringimos nuestro movimiento para hacer estas cosas se vuelve habitual y se establece en patrones. Esto es tan cierto en cuanto a los movimientos cotidianos tales como caminar, estar de pie, estar sentado, hablar, etc., como en cuanto a los esfuerzos que hacemos para estar a la altura de lo que percibimos que se espera de nosotros o a lo que hacemos para mantener ciertas sensaciones fuera de nuestra experiencia consciente.

Cuando la tensión se vuelve habitual, cierra ciertos recorridos en el sistema nervioso y permite el flujo de información sólo a través de aquellos recorridos que el patrón mantiene abiertos. Con el tiempo, nos identificamos con ese patrón. Ya no se trata sólo de que hacemos las cosas de esta forma particular; lo vivenciamos como lo que somos. “Yo soy así”, decimos, y nos olvidamos de que inicialmente no era más que una forma de hacer que funcionaba para nosotros. Como conductas rituales, los patrones son controlados por una parte primitiva del cerebro encargada de funciones de supervivencia. Puesto que los patrones son de utilidad probada para la supervivencia, hacer las cosas de otro modo puede resultar amenazante, de modo que es una tarea compleja intentar cambiar un patrón.

Cambio

Si queremos cambiar algo, primero tenemos que saber cómo es: en qué consiste, cómo funciona, para qué sirve, cuáles son sus inconvenientes…. En el caso de nuestros patrones físicos y psíquicos no es suficiente saber estas cosas en nuestra cabeza; tenemos que conocerlos sensorialmente, es decir, necesitamos saber cómo son las sensaciones relacionadas con el patrón en el cuerpo. Por tanto, tenemos que estar dispuestos a tolerar sensaciones incómodas que normalmente mantenemos fuera de nuestra experiencia consciente, porque nuestro sistema (nervioso) no “sabe” que somos capaces de tolerarlas. Lo único que sabe es que está manteniendo bajo control algo intolerable/desagradable/peligroso/doloroso….., y es imprescindible que así se mantenga porque, de lo contrario, …., no sabemos lo que podría pasar, salvo que hay una vaga sensación de amenaza. Si nuestros clientes tienen una comprensión de los mecanismos de la tensión habitual y los patrones, están mejor equipados para confrontar y asimilar la incomodidad.

Más adelante volveré sobre la cuestión de conocer el patrón y los sentimientos y sistemas de creencias asociados con él, por ahora quisiera señalar qué más es necesario para crear un cambio que pueda perdurar. Una vez que se conozca el patrón y se sepa cómo funciona, para qué sirve y cuáles son sus inconvenientes, todavía necesitamos una alternativa, una opción diferente, otra manera de hacer las cosas. De nuevo, necesitas conocer la nueva opción sensorialmente. A menudo la gente sabe exactamente qué hacer y cómo hacerlo, pero aún así se siente incapaz de hacerlo porque el conocimiento sólo está en su cabeza. Para introducir un cambio en un patrón hay que crear nuevos recorridos en el sistema nervioso o, mejor dicho, hay que establecer nuevas conexiones o restablecer otras interrumpidas. Lo hacemos mediante la manipulación, la educación de la conciencia corporal del cliente con relación al campo gravitatorio y el movimiento respiratorio, y el trabajo con los contenidos emocionales, para que el cliente pueda adquirir una nueva perspectiva de su experiencia.

Una vez que la persona conozca su patrón, o determinadas partes de él, y haya encontrado una forma alternativa de moverse y, además, sea capaz de sentir de qué manera ésta es diferente del patrón, tiene que practicar. Para que los nuevos recorridos y las nuevas conexiones puedan estabilizarse es necesario que se las use.

A veces los o las clientes vienen a la sesión quejándose de que han perdido la nueva opción algunos días después de la última sesión, aunque sí han prestado atención y sí han practicado. Por una parte, la novedad de la nueva opción no dura. Al cabo de un tiempo ya no se experimenta como nueva, pero puedes ver que el o la cliente se mueve con más apoyo o que ciertas partes de su cuerpo están más abiertas. Por otra parte, el patrón “intenta” permanecer al mando. Particularmente después de una sesión muy importante, con profundas comprensiones y cambios, a menudo ocurre que el patrón se agarra con mucha fuerza. Parece incluso más fuerte de lo que ha sido nunca antes. Esto también ocurre a veces cuando el cliente sigue avanzando continuamente ganándole terreno a un patrón restrictivo. Es como si el patrón “supiera” que el o la cliente va en serio y que para sobrevivir tiene que agarrarse como pueda. A menudo, en este período, los o las clientes se sienten como si fueran a morir o estuvieran muriéndose. En cierto sentido, es así, pero lo que se está muriendo es el patrón como manera de ser única, para renacer como una manera entre otras. Al ser estructurado en la parte primitiva de nuestro cerebro que está al cargo de la supervivencia, siempre será una opción fuerte, a la cual el organismo recurrirá automáticamente en una situación de estrés. El tener esta información hará más seguro continuar desafiando el patrón.

A veces los clientes se sienten frustrados consigo mismos porque parece que sean incapaces de cambiar y se sienten atrapados en el patrón. Les ayuda a relajarse el recordar, o entender por vez primera, que cambiar un patrón primario es comparable a querer educar un cocodrilo. Es imposible razonar con un cocodrilo. Pero incluso un cocodrilo es capaz de aprender que en una parte determinada del pantano la comida es especialmente deliciosa o fácil de atrapar, si tiene esa experiencia repetidamente. De modo que conviene recordarlo de vez en cuando. Estando relajado, es más fácil descubrir nuevas opciones y jugar con ellas.

Las modalidades activa y receptiva

A medida que vamos avanzando en la vida, caminando, de pie, sentados, tumbados, haciendo cosas, con nuestro movimiento activo, el campo de sensaciones resultantes de la fluctuación de los procesos vitales en el cuerpo cambia de forma. El sentir estos cambios y el percibir cualquier cosa en cualquier sentido tienen lugar en una modalidad receptiva. El mover y restringir el movimiento, lo mismo que el pensar, tienen lugar en una modalidad activa. Una acción hábil requiere un buen equilibrio entre los dos.

Cuando aprendemos una nueva habilidad o movimiento, mientras nos movemos (activo), sentimos (receptivo) cómo lo hacemos para hacerlo bien. Cuando aprendas a conducir un coche con cambio de marchas, tienes que prestar mucha atención (receptivo) para encontrar la presión correcta (activo) en el pie derecho, para dar gas, y soltar la del pie izquierdo en el embrague en la justa medida. Una vez que lo has aprendido, el movimiento se hace habitual y ya no tienes que prestar mucha atención para hacerlo correctamente.

En este sentido, diría, que el patrón pertenece más a la modalidad activa. Precisamente una de sus mayores ventajas consiste en el hecho de que no necesitamos la constante retroalimentación de datos aportados por los sentidos para cumplir la tarea y, por tanto, es útil para una acción rápida y automática. Al mismo tiempo allí reside su mayor inconveniente también, puesto que tiende a interferir con la modalidad receptiva del sentir, sobreponiéndose, cuando nos convendría poder procesar todos los datos disponibles acerca de una determinada situación en la que nos encontramos para responder adecuadamente, o para poder tomar una decisión sobre qué curso seguir, o para encontrar un alineamiento óptimo en el campo gravitatorio y beneficiarnos de un máximo apoyo y mínimo esfuerzo. Sobre todo en situaciones con cierta carga emocional, a menudo, ocurre que el patrón habitual nos mantiene en una conducta aprendida en la infancia, inadecuada para las necesidades de una persona adulta.

El significado de las sensaciones

Por sí misma, una sensación no tiene ningún significado. Puede ser agradable, desagradable o neutra, pero no significa nada. Cualquier significado que atribuimos a una sensación proviene de nuestra observación de la propia experiencia, o de lo que nos dijo otra persona, es decir, se trataría en este caso de un significado adoptado. Incluso puede venir de los sentimientos de otra persona, puesto que en ocasiones también adoptamos sentimientos de otros como propios. Hablaré de los sentimientos y significados adoptados más adelante.

Incluso antes de aprender a estructurar nuestros movimientos para vivir la vida en este mundo, nuestro cerebro organiza las sensaciones en continua fluctuación que resultan de los procesos vitales, clasificándolas dentro de las categorías subyacentes -agradables, desagradables y neutras-, en categorías de sensaciones que se parecen. En un momento todo esta bien; entonces aparece una sensación desagradable; luego algo cambia y de nuevo la sensación es buena; luego es neutra y, a continuación otra cosa cambia y de nuevo es desagradable; ocurre algo que hace desaparecer lo desagradable y la sensación es buena otra vez…. A medida que nuestro organismo se va adaptando a la comida, su ingesta, digestión y excreción de los desechos, a través de estas interacciones internas y externas, empezamos a tener una percepción de nosotros mismos como individuos en relación a algo mayor que nosotros, de lo cual formamos parte junto con otros individuos que, en su mayoría, también son mayores que nosotros. Para obtener las sensaciones placenteras y evitar las desagradables, nuestro sistema nervioso registra informaciones que llegan a ser importantes como factores motivadores y reguladores mientras adquirimos habilidades motoras y aprendemos a movernos y hacer cosas en el mundo.

A medida que se van desarrollando nuestras habilidades lingüísticas, interviene la palabra y asociamos determinados significados a determinadas sensaciones. A menudo, estos significados, asociados con sensaciones que parecen similares a otras que ya habíamos tenido antes en el período preverbal de nuestra vida, permanecen subconscientes sin jamás hacerse explícitos. Aún así, constituyen la base sobre la que fundamentamos las creencias que tenemos acerca de nosotros mismos y del mundo, y que nos hacen afirmar como si se tratara de “la realidad” que “yo soy así” y “el mundo es de esta manera”.

En su mayoría estas sensaciones tienen que ver con querer o necesitar, o carecer de algo que se considera esencial para la supervivencia o la satisfacción. Idealmente estas sensaciones nos motivan para desarrollar nuestras habilidades, para poder satisfacer estos deseos y necesidades y conseguir aquello que cubriría la carencia. Como tales, pertenecen a la condición humana. Y fluctúan exactamente igual que otras sensaciones, por ejemplo, aquellas relacionadas con la inspiración y la espiración o el hambre, el comer, la digestión, ir al lavabo…., a no ser que las interrumpamos y las retengamos con tensión física. En este caso las sensaciones y los significados asociados a ellas permanecen registrados en el sistema, por ejemplo, sentirse demasiado pequeño para algo que se quiere lograr. Así, siempre que aparezca esta sensación particular, automáticamente se asocia al significado “soy demasiado pequeña para esto” y conlleva las mismas emociones y reacciones cada vez que aparece. El hecho de que la persona haya crecido y disponga de muchas habilidades y recursos que de niña no tenía, no afecta para nada al significado asociado con la sensación. Se estableció un circuito cerrado que no deja espacio para la entrada de nuevos datos.

Pero uno de los aspectos más fascinantes de ser humano es la flexibilidad de nuestro cerebro y su capacidad de aprender y desarrollar nuevas habilidades y nuevas maneras de adaptarse a nuevas circunstancias a medida que van apareciendo, gracias a nuestra capacidad de reflexionar sobre nosotros mismos. Aunque un patrón no deje espacio para la entrada de nueva información, somos capaces de hacernos conscientes del patrón en sí y crear el espacio necesario para evaluar la situación actual, dejando el circuito abierto para varios resultados posibles. Esta es la diferencia entre la reacción y la respuesta.

Lo mismo ocurre en el caso de las emociones y creencias adoptadas, Cuando estás en el campo energético de una persona que siente algo con cierta intensidad, tú también sientes esa emoción. Puesto que sientes la emoción en tu propio cuerpo, es fácil confundirla con una emoción propia, especialmente si eres un niño pequeño o una niña pequeña y no muy diferenciado, o diferenciada, como individuo. Si tu madre siente miedo por alguna cosa u otra, mientras te sostiene en sus brazos, sientes ese miedo en tu cuerpo como si fuera tuyo. Y aprendes a responder o reaccionar frente a él, como si fuera tuyo.

También, simplemente por formar parte de nuestra familia o grupo de iguales, adoptamos como creencia propia lo que en la familia o el grupo se cree verdadero, aunque en ocasiones una creencia válida en la familia esté en contradicción con otra válida en el grupo de amigos. Cuando nos comportamos de un modo diferente al que estamos acostumbrados nosotros mismos y la gente a nuestro alrededor, nos sentimos incómodos. Los patrones son comparables a los rituales y ritos que operan en las familias y otros grupos. Cuando hacemos las cosas de un modo diferente a cómo se hacen en el grupo, desde los niveles primitivos de nuestra configuración humana aparece una sensación de mala conciencia, nos sentimos culpables y tememos perder el derecho de pertenecer por estar descompasado con el campo de fuerza del sistema. Esa mala conciencia es parecida a la sensación de haber perdido el equilibrio. De hecho, se parece mucho a la incomodidad inicial que sentimos cuando soltamos por primera vez una tensión habitual, porque el sistema teme perder el patrón que parecía asegurar la supervivencia en el pasado. La incomodidad deja paso al alivio, a la sensación de encontrarse apoyado, de disponer de más energía, a la alegría…., a medida que vamos experimentando las sensaciones de movernos en alineamiento con el campo de la fuerza gravitatoria del planeta. Más allá de la culpa generada por la conducta divergente del modo en el que se hacen las cosas en nuestra familia (o grupo), cuando el comportamiento está alineado con el orden en el que el amor y la energía pueden fluir en el campo de fuerza del sistema, descubrimos que somos capaces de generar relaciones que son incomparablemente más gratificantes, satisfactorias y funcionales.

Dos ejemplos

Elena, una maestra de primaria de baja por depresión, viene a tomar sesiones porque apenas se sentía capaz de cumplir con las más simples tareas domésticas. Describía la sensación básica subyacente a todas sus actividades como “una sensación de impotencia frente a una tarea que parece demasiado grande y desbordante”. Fueron esas sensaciones las que habían ocasionado su baja laboral. En sueños sigue en la escuela y lucha con esas sensaciones. A pesar de sentirse de esta forma, de hecho, era una maestra excelente y cumplía con todas las tareas de forma irreprochable. Había superado muchas dificultades y nada la había desbordado. Esa sensación de impotencia era incomprensible para Elena y tener que sucumbir finalmente ante ella fue devastador.

Durante bastante tiempo las sensaciones que era capaz de percibir alternaban entre “almidonada” y “dolor”. Cuando su tejido había recuperado cierta flexibilidad y el dolor había amainado, un día le pedí que se quedara con la sensación simplemente y que dejara que su cuerpo le dijera cómo se las había apañado a sus cuatro años para llevar las vacas de la familia a pastar. Allí había las mismas sensaciones con las que había luchado en la escuela y en sus sueños: ¡ella era tan pequeña y las vacas eran tan grandes! Se las había apañado bien para mantener las vacas fuera del campo de trigo y llevarlas al pasto pero, para poder hacerlo, tuvo que dejar sin ningún espacio a las sensaciones relacionados con “soy tan pequeña, las vacas son tan grandes y no hay nada que pueda hacer para pararlas”. Había interrumpido el flujo de las sensaciones con tensión y, así, fue imposible que esas sensaciones siguieran su curso natural para convertirse en otras.

A través de la misma clase de esfuerzo había conseguido muchas cosas en la vida. Pero todos esos sucesos no dejaron huella en el lugar donde estaban guardadas las sensaciones mencionadas anteriormente. El esfuerzo lo mantenía quieto, sin movimiento. Y esas sensaciones irrumpían sólo cuando su fuerza había llegado a un límite en el que ya no podía resistirse a ellas –y cuando ella había creado una situación lo suficientemente segura en su vida como para poder afrontarlas. Fiel a su patrón, Elena seguía luchando con esas sensaciones. El comprender los mecanismos de patrones y tensiones habituales le ayudó a aprender a relajarse y dejar de luchar lo suficiente como para prestar atención a las sensaciones e identificar el significado que asociaba con ellas para comprobar si seguía siendo válido.

Era verdad que ella era pequeña y las vacas grandes. No habría podido pararlas si las vacas se hubieran vuelto locas. Pero había hecho todo lo necesario para mantener las vacas donde tenían que estar. Igual había sido lo suficientemente grande para las demás tareas grandes de su vida. Pero ahora, la parte de ella en la que viven esas antiguas sensaciones necesita atención. Ahora Elena puede convertirse en la maestra de esos aspectos infantiles suyos que permanecieron atrapados en las sensaciones que ella denominó “Soy demasiado pequeña y la tarea es demasiado grande. No hay nada que pueda hacer.” Ahora estos aspectos infantiles suyos pueden beneficiarse de la experiencia, las habilidades, la creatividad y el amor que siempre ha sido capaz de dar a sus alumnos, sus hermanos y hermanas, sus hijos, a su marido e incluso a las vacas. Está aprendiendo a tolerar esas sensaciones, acariciar con el movimiento respiratorio las partes de su cuerpo donde residen y enseñarles a recibir el apoyo de la fuerza gravitatoria.

Juan, un hombre de 32 años, viene a tomar sesiones como parte de un tratamiento intensivo en una clínica de día, financiado por su familia, porque no es capaz de encontrar un trabajo. Tiene dos licenciaturas y conocimientos en varios campos que podría usar para encontrar trabajo, pero no encuentra ni un empleo ni un trabajo temporal siquiera. Sus movimientos son como si estuviera parado en su propio camino y tuviera que moverse alrededor de sí mismo para hacer cualquier cosa. Además parece como si intentara ser más alto de lo que es, aunque es bastante alto. Su padre murió cuando tenía cinco años. Es muy inteligente y, al comprender los mecanismos de los patrones y la tensión habitual, puede ver claramente cómo creó toda esa tensión en su cuerpo a fin de controlar los sentimientos difíciles que aparecieron a raíz de la muerte de su padre y de hacer todos los esfuerzos a su alcance para estar a la altura de lo que creía que se esperaba de él. Logró mantener las emociones bajo control, hasta el punto de no ser capaz de sentir nada durante las primeras sesiones. Al cabo de algunos meses de trabajo, su tejido se siente menos fibroso y más jugoso y ha aprendido a identificar sensaciones. Pero todavía son demasiado intensas como para tolerar quedarse con ellas el tiempo suficiente para identificar el significado y las creencias que asoció con ellas. Tiene la comprensión intelectual y empieza a poder identificar las percepciones sensoriales. El próximo paso sería tolerar quedarse con las sensaciones y aprender a dejarlas fluir, dejar que las partes correspondientes de su cuerpo se muevan para conseguir el espacio que necesita para moverse y vivir. Es necesario ahora que encuentre trabajo.

En una de las primeras sesiones le pedí que diera las gracias a su difunto padre por haberle dado la vida y que le pidiera su bendición para tener éxito y sacarle provecho a esa vida, aunque el padre mismo ya no tenga vida. Últimamente está frotando sus ojos a menudo. ¿Está dispuesto ahora a ver el amor de su padre y darle un espacio en su cuerpo, en vez de renunciar a una vida propia por el amor ciego de un niño? Cuando quedan dos sesiones antes de terminar el programa intensivo, camina más cerca del suelo y se siente más apoyado. Al dejar de tirar el pecho y la cabeza tanto hacia arriba como lo hacía habitualmente, se siente pequeño al caminar. Sintiéndose pequeño puede ser el hijo de su padre y ya no tiene que esforzarse tanto para parecer más mayor de lo que es. Como hijo de su padre, está en una posición desde donde puede crecer y salir a ganarse la vida.

Más info en: www.dfa-europa.com